Trotamundo de Harlem
El día comienza un poco mas tarde de lo acostumbrado. El cansancio del día anterior fue la causa de un retrazo de aproximadamente una hora en el inicio de las actividades.
Alrededor de las 10:00am salí del hostal sin rumbo fijo. Sin embargo, había algunos puntos de mi itinerario imaginario que eran imperdonables.
Lo primero que hice fue pasarme al otro lado de la calle Broadway con el fin de tomar el bus M140 ahora rumbo al norte.
Llegué a Harlem, de cierta forma quedé un poco decepcionado, esperaba ver mi vida un poco más en peligro, ansiaba ver pandillas y pandilleros pero no, solo vi cosas bonitas, llegué hasta un parque llamado Riverside, el cual permite tener una vista privilegiada de la riviera del río Hudson, el mismo que divide New Jersey y la isla de Manhattan. Justo enseguida de este, queda el parque estatal de Riverbank, un complejo deportivo con todo lo necesario para la práctica de muchas disciplinas. Las pandillas no estaban por ninguna parte, no sabía si había tomado el bus equivocado.
Desde ahí tuve la “fabulosa” idea de tomar un bus hacia el Bronx, quería ver un poco más de este distrito de la ciudad, quería adrenalina, como si no viniera de un país dónde la vida está en peligro todo el tiempo.
Después de cerca de 20 minutos en el bus vi que la cosa se estaba poniendo oscura, de hecho, el único blanco de las cerca de 100 personas del bus era yo.
Confieso no ser racista pero hay que tener en cuenta que los negros americanos a diferencia de los negros colombianos son completamente impredecibles. Muchas veces he tenido malas experiencias gracias a los sentimientos racistas que aún se respiran en la cultura americana y me he sentido maltratado por personas, en especial mujeres, que gracias a un resentimiento poli-centenario me han generado cierta prevención.
Decidí bajarme en un lugar cualquiera del Bronx, al parecer una de las zonas más comerciales de la zona conocida como “The Hub”, esto gracias a que vi una estación que parecía ser mi salvación. Cuando me bajé quedé más que asustado, triste. Era una zona bastante deprimida, habían, además de muchos borrachos, ilegales de todas las nacionalidades y pobreza, mucha pobreza.
El metro rumbo al “mejor” mundo de Manhattan no estaba funcionando. Por un momento me preocupé pero me acordé del principio básico del transporte público en New York: Donde el bus te deja, el bus te recoje pero alfrente. Y así fue, espere cerca de 30 minutos hasta que apareció.
Desde el Bronx bajé hasta Times Square haciendo los respectivos transbordos, todo esto se demoró más de dos magníficas horas de recorrido desde donde pude ver gran parte del Uptown. Esperaba ver a Jerry Seinfeld, a Joko Ono o a Woody Allen, pero lo máximo que vi fue a un tipo igualito a Rubén Blades pero con 25 años, seguro sería un hijo no reconocido de sus épocas andariegas de joven y bello.
Despues de almorzar en Times Square me fui a comprar mi pasaje de tren desde Penn Station hacia el aeropuerto de Newark con el fin de tener todo listo para mi vuelo a Frankfurt. El trayecto lo opera New Jersey Transit y cuesta 15 dólares.
Luego llegué a Queens, más exatamente a Jackson Heights, en la Roosevelt, una zona llena, llenita de inmigrantes indúes, colombianos y ecuatorianos.
Hay, entre otras cosas, puteaderos llenos de pereiranas (asi lo anuncian, no lo digo yo). Me llamó la atencíon uno que se llamaba “Las Paisitas” y tenía una bandera del Atlético Nacional a la entrada. El verde se veía corrompido por la luz roja que tenía al fondo.
Teniendo en cuenta que era sábado en la noche, me fuí para una de las zonas play de la ciudad, el equivalente al Barrio Granada de Cali, el parque Lleras de Medellín o la Zona T de Bogorá pero en New York se llama Greenwich Village, son los alrededores de la Universidad de New York tal como lo había dicho en entradas anteriores. Mucha gente linda y mucha gente play y gay play.
Como el objetivo era ahorrar plata, me compré un par de cervezas en una “tienda” y como beber en la calle es ilegal en el estado de NY, metí mis cervecas en una bolsa de papel y bebí con un pitillo cual borrahco triste del Bronx. Así terminó mi noche, medio prendido, comiéndome dos slices de pizza para calmar el hambre y el cansancio. He dicho.