Coroné la vuelta
A las 6:00am llegué al aeropuerto de Cali. Todo estuvo tranquilo. Pensé que iba a haber más gente, sin embargo, la ventanilla de la aerolínea no tenía las interminables filas de gente en éxodo que siempre hay en el Bonilla Aragón.
Había algo que me preocupaba, mi tarifa estaba sujeta a disponibilidad y existía una gran posibilidad de no ser admitido en el vuelo que salía de Cali hacia Houston o peor aún, que lograra llegar a Houston pero que no pudiera despegar hacia New York por falta de cupo.
El hecho de ver poca gente en el counter me tranquilizó un poco, y apesar de mis temores, fue relativamente fácil conseguir una silla en Cali.
El vuelo estuvo tranquilo, me llamó mucho la atención ver lo viejos que estaban las personas de la tripulación. Una de las azafatas, tenía al menos 65 años y otro de los asistentes de vuelo, unos 72, de pelo blanco, muy blanco, ojos azules y seguramente nietos, muchos nietos.
El servicio de Continental fue sorprendentemente excelente. Digo sorprendente pues en épocas de recesión y altos costos de los vuelos, nos dieron abundante comida, de buen sabor y sobre todo, mucho entretenimiento en el aire.
El vuelo duró cinco horas aproximadamente, ocupé una de las hileras de tres sillas vacías no asignadas al momento que cerraron las puertas del avión. Casi todo el viaje alterné mi sueño con una película de Jack Nicholson que nunca había visto y que confieso me conmovió hasta el punto de lagrimear. Menos mal iba solo en la fila 16.
Cuando llegué a Houston, el imponente aeropuerto George Bush me dio su bienvenida con algunos problemas con la gente de la Patrulla de Fronteras.
Al momento de hacer inmigración sucedió algo que nunca me había pasado. El agente que me correspondió miraba la pantalla con mucha concentración y extrañeza después de yo haber puesto la huella para verificar mi identidad, fue tanto que llamó a su supervisor, le señalaba mi pasaporte y lo que veía en la pantalla.
Me dijo el supervisor que debía ir a una segunda inspección, yo le pregunte: “¿Hay algún problema?” y con acento puertorriqueño americanizado me respondió: “¿Debería haberlo señor?, por favor acompáñeme por aquí”, entonces, fui conducido a la zona de segundas inspecciones.
Había escuchado tantas cosas con respecto a ese lugar que me empecé a poner un poco nervioso y al saber que mis nervios podían ser malentendidos, me puse más nervioso todavía. Estaba en Texas, un estado amante de la pena de muerte y con un implacable sistema de justicia. Habían muchos agentes con guantes de látex, que pesadilla!.
Eran las 2:45 y mi vuelo de conexión hacia Newark salía a las 3:30.
Inexplicablemente me tuvieron sentado 15 minutos, al final me devolvieron mi pasaporte y me dijeron: “bienvenido a los Estados Unidos señor, todo está en orden”.
Fue entonces cuando empezó mi maratón, la siguiente parada fue aduana, ahí también me hicieron perder cerca de 10 minutos y cuando pensaba que todo estaba listo para tomar por fin por mi conexión, me encontré con una fila de cerca de 500 personas aflojándose zapatos y cinturones para pasar por Rayos X y detectores de metal.
Me puse intenso y que de alguna manera empujé un poco a un gringa que estaba delante mío, la cual me dio una cantaleta interminable y me miró como a una mierda. Guardé silencio, mi propósito era salir rápido de ahí, o mejor entrar rápido ahí para tomar mi vuelo que estaba a punto de salir, pensaba recurrentemente que mi pasaje estaba en “Stand By”, osea, sujeto a disponibilidad, ¿si lograría salir de Houston?.
Corrí como loco, quizá como nunca había corrido, como si tuviera a un perro bravo detrás, llegué al avión literalmente con la lengua afuera y sudando como un marrano.
Me senté en la silla 29B, en la mitad de dos personas que debieron soportar mi agitación y el calor que yo emanaba después de tan infame carrera.
Después de diez entumecedoras horas de vuelo de Cali a Houston y de Houston a Newark, había logrado coronar la vuelta (en el buen sentido de la palabra).